Qué vivan los tamales, de Jefrey M. Pilcher
Jeffrey M. Pilcher, ¡Que vivan los tamales! Food and the Making of Mexican Identity (Londres, octubre de 1999), revista Journal of Latin American Studies, Universidad de Londres.
The Costa Rican Women’s Movement:
de Ilse Abshagen Leitinger (cd.).
- Ilse Abshagen Leitinger (cd.), The Costa Rican Women’s Movement: A Reader. (Londres, octubre de 1998), revista Journal of Latin American Studies, Universidad de Londres.
Rocío Heredia. Corazón de metal.
“Su manera particular de mirar, producto de una composición óptica distinta, no ha sido freno para ella, sino que le ha dado, literalmente, un enfoque particular, irrepetible, que los espectadores solo percibimos como un lenguaje diverso, de mágica luz, que informa sus creaciones en metal y papel. Gracias a su carácter, que tiene la fuerza del metal que ha sido su materia prima, Heredia transmuta cualquier obstáculo en un acto energizante de aprendizaje significativo. Innumerables distinciones, exhibiciones individuales y colectivas, reconocimientos y premios, han venido engarzándose, sin cesar, en ese halo de luz de Rocío Heredia. Decidida a seguir explorando su propio camino con su lenguaje artístico personal, hoy nos presenta esta nueva exposición “Corazón de Metal” una muestra de que su talento tiene muchas aristas, todas igualmente luminosas. En esa ruta de realizaciones, que sin duda conocerá otros mágicos sincronismos, a Rocío Heredia la guía su poderosa visión interior, la voz que –al decir de John Briggs- es patrimonio solo de los auténticos creadores”.
http://www.web-mex.com/rheredia/centrodelasartes.htm
La sazón de Casafont

Miguel Casafont. Costa Rica. Una aventura gastronómica
El artista plástico, ensayista y chef mediático Miguel Casafont ha publicado su primer libro de cocina: Costa Rica. Una aventura gastronómica (San José, Jadine, 2009). Con la impecable factura que caracteriza su obra plástica, este libro muestra varios énfasis novedosos con respecto a los recetarios que se habían publicado antes en el país.
La edición, bilingüe español-inglés, nos presenta 33 recetas, protagonizadas por productos nuestros e inspiradas en la tradición culinaria costarricense. La primera diferencia es que cada una de ellas ha sufrido una cuidadosa adaptación para que pueda servirse en casi cualquier lugar; así, se han sustituido o sugerido opciones que no modifiquen sustancialmente el platillo.
Se diría que Casafont aplica intuitivamente un código culinario costarricense, utilizando memes (el equivalente cultural de los genes biológicos) de nuestra cocina, para que puedan ser replicados incluso por aquellos que no están familiarizados con ella.
Su objetivo está explícitamente escrito en la introducción: “El propósito de este libro es compartir con los amigos que ahora viven en otras latitudes, una parte de la gastronomía costarricense, con recetas escritas de manera sencilla y utilizando ingredientes que se encuentran en casi todas las despensas del mundo”.
Aunque hay valiosos antecedentes (entre los cuales figura, en primer lugar, la labor pionera de Isabel Campabadal), esta obra revela, de manera irrefutable, el paso de la “cocina” costarricense a una “gastronomía” nacional.
Veamos un primer ejemplo. Sin inventar el agua caliente, Casafont presenta en las primeras páginas un “Brunch en el volcán” en el que figuran un gallopinto, un picadillo con chorizo, unas empanadas de queso y un coctel de vino espumante con jugo de piña –que ha bautizado “Piñosa”–, que muestran ese rumbo certero en la dirección que acabo de apuntar.
Más adelante, en el capítulo Cena en la hacienda cafetalera , encontramos un “ Souflée Heredia”, es algo así como el budín de maíz posmoderno. Se trata de innovación dentro de la tradición y con la firma “Casafont” al pie y a la derecha.
Sin embargo, en la parte final, Cocina costarricense deconstruida , es donde el autor se permite sin reservas el lujo de jugar creativamente con nuestro patrimonio culinario. Utilizando la metodología de las tendencias más contemporáneas, toma los ingredientes de los platillos para conseguir un sabor enraizado en nuestra memoria, “separando la forma del contenido sin alterar su gusto”.
De esa manera, nos presenta un gallopinto deconstruido, en un recipiente de vidrio transparente, en el que podemos apreciar las capas sucesivas de los ingredientes de nuestro plato emblemático nacional, de una manera inédita que hace agua la boca. Ni qué decir del “Bocadillo de atún de Puntarenas”, las “Fresas Poás”, el “Arroz con palmito deconstruido” o las “Cartagas” de queso.
El esmerado montaje de los platillos, fotografiados por Paúl Aragón, testimonia lo que ya nos había expresado antes Casafont: que puede encontrar inspiración tanto en un lienzo en blanco como en un plato vacío; que ejecuta con el mismo placer una creación culinaria que una obra de arte, y que para él no hay diferencia en cuanto a la metodología que lo lleva a la creación.
He aquí un recetario fuera de serie, útil para quien nada sabe de nuestra cocina, pero también para aquellos que en el extranjero se ven aquejados por la nostalgia de los sabores de la patria. No hay que equivocarse, sin embargo.
No es solo para otras latitudes: puede ser una herramienta valiosa para introducir en los secretos de nuestra cocina a las nuevas generaciones, a través de una visión respetuosa pero divertida de nuestro acervo culinario; y para inyectar vitalidad a la producción de cocineros y cocineras con más experiencia, como prueba de que, tampoco en cocina, preservar el patrimonio significa guerra a muerte a la imaginación.
Publicado en La Nación de Costa Rica.



