
Illustrations
Carlos Poveda’s Menu
by Marjorie Ross
Gastronomica. The Journal of Food and Culture. Vol. 7, No.4, pp.78-83. ISBN 1529-3262 © by the Regents of the University of California.
Abstract. Carlos Poveda’s Domestic Landscapes are linked to a history of food and art that reaches back to Greco-Roman antiquity and becomes empowered with contemporary artists who sculpt or paint their works in edible materials to be devoured by spectators. Poveda’s Landscapes, however, offer food that is symbolic—inedible. He reinvents the organic by using industrial refuse that he converts, colors, and models in a cauldron in a process as akin to alchemy as to cooking. His is not a faithful transcription of meals in the style of classical still lifes, but rather an artistic overlapping of emotions, that surround the idea of the edible. Looking at his sculptures we may feel revulsion, but what sickens us is not so much his creation as the awareness it brings of our intrinsically predatory nature. He gives us an art form that not only fails to provoke appetite but also touches our deepest culinary memories and leads us back to a primal past by asserting the significance of food in our collective memory. Ultimately, our strongest reaction to his work may be the fear that we won’t be able to digest the absurdity of our daily life*.

Primera página del artículo.
El texto de Gastronomica se originó en el que apareció en el catálogo de la exposición de Poveda, “Paisajes Domésticos”, en el Museo de Arte Costarricense, muestra que le mereció al artista el Premio Nacional de Escultura 2004.
Se copia de seguido:
De la Antigüedad al bodegón postmoderno
El acto de alimentarnos es un proceso complejo, que si bien en primera instancia dice de la necesidad puramente biológica de mantenernos con vida, también habla de pertenencias sociales, religiosas y étnicas; de relaciones de poder y de desigualdades genéricas y sociales, a lo largo de una historia que tiene dos polos que a menudo se entrecruzan: la escasez y el hambre, la abundacia y la saciedad.
Así, lo culinario hace referencia a múltiples otros hábitos, que conforman un componente importante de nuestro universo cultural, nacional, regional, continental y planetario.
Cuando los artistas se adentran en las prácticas culinarias, nos devuelven el alimento -que es energía y no puede ser más básica y sofisticadamente vital- trasmutado en obra de arte.
Bodegones galácticos
Los “Paisajes domésticos” de Poveda se conectan con una red que se remonta hasta la Antigüedad grecorromana, se fortalece con el arte efímero comestible de los banquetes medievales; renace en los platillos futuristas italianos de Marinetti y compañeros, a principios del siglo pasado; y se potencia con Sonja Alhäuser y otros artistas contemporáneos, que esculpen o ‘pintan’ su obra en chocolate y otros materiales comestibles, para ser devorados por los espectadores.
A diferencia de todos esos históricos affairs entre arte y comida, en sus ‘paisajes’ Poveda nos entrega un alimento simbólico, incomible antes y después de ser transformado en obra de arte. Más aún, con frecuencia, no son los aspectos más placenteros del comer lo que nos invita a presenciar, sino más bien los que quisiéramos dejar velados.
Contrario a lo hecho por el pintor suizo alemán Dieter Roth, quien usó los alimentos y las materias orgánicas para desafiar al arte establecido, Poveda reinventa lo orgánico y lo reproduce con desechos sintéticos, especie de esqueletos del cementerio de la globalización industrial.
La obra multidimensional de Poveda está realizada con hierro, polietileno y aluminio, restos industriales que él transforma, colorea y diseña, en un caldero que tanto se emparenta con la alquimia como con la cocina de lo inverosímil y de lo asombroso. No se trata de una transcripción fiel de lo culinario al estilo de los bodegones tradicionales, sino más bien de una imbricación del artista en las emociones -positivas y negativas- de lo comestible, en la interpretación de lo que tanto él como el espectador podrían tener sobre el plato.
Al hacerlo, los desnuda de una manera impúdica que a su vez nos denuncia como una especie desprovista de misericordia.
En la preparación de esos alimentos para el ojo del otro, el artista es un chef perfeccionista que no se autocomplace. Las texturas se pulen hasta igualarse con su brillo, y en esa mesa en la que incluso los vegetales son cárnicos, los colores se logran hasta dejar atrás a la naturaleza. Justo como lo hacen los actuales fabricantes de alimentos, que saben que estamos más inclinados a comprar como papaya lo que se nos parezca más a su color, aunque su sabor no lo iguale.
Si sus materiales y su paleta miran al futuro, el menú está bien enraizado en los aromas, texturas y sabores de la infancia pasada. Cuando permite que afloren, su propia historia culinaria se materializa alquímicamente, y brotan las ‘hallacas’, el ‘pabellón’ y el ‘casado’ de sus dos patrias nutricias.
Cuando Poveda nos presenta lo crudo en toda su violencia no domesticada, puede causar repulsión, pero lo que nos repugna no es su creación, sino lo que pervive, en el componente escultórico, de nuestra vergonzante realidad depredadora.
Si ello provoca nuestro desconcierto, el artista, para quien la innovación permanente es uno de los elementos que alimentan el fuego de su realización, no puede estar más divertido y satisfecho.
Carlos Poveda (Foto de Luis Becerra).
Golpe a la memoria
Mientras la artesanía culinaria japonesa reproduce preciosísticamente los alimentos en materiales sintéticos, para atraer al comensal exquisito con copias a las que solo parece faltarles el aroma, Poveda se aproxima y se distancia de esa estética, para darnos un arte estremecedor, que no provoca el apetito inmediato, sino que revuelve con pasión de trueno la memoria alimentaria de la especie y nos remonta hasta los antepasados de cuevas y fogatas, solo para, simultáneamente, presentarnos imágenes de un futuro inmediato plagado de incertidumbre.
El desagrado que a algunos les produce ese golpe de vísceras perfectas, se origina en el cerebro-mente-cuerpo de quien mira, y no en el plato que se deja mirar.
Hay entre esos subversivos objetos tridimensionales, aquellos que nos obligan a enfrentar la perpleja fascinación que nos sobrecoge ante lo que no queremos entender. Otros abiertamente nos retan a mantener la vista sin perder la compostura, sin cubrirnos de un velo espeso que proteja nuestro derecho a anticipar con placer la siguiente comida.
No obstante, de esa manera tangencial e informada de ironía, los ‘paisajes’ reafirman el peso indiscutible de la cocina en nuestra memoria colectiva. La reacción más fuerte del espectador quizás no sea otra cosa que nuestro miedo a no tener capacidad para digerir el absurdo en nuestra vida cotidiana.
Marjorie Ross
San José, mayo, 2004
Museo de Arte Costarricense,
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Como siempre, Marjorie, no nos defrauda con la magia de su palabra. Antes bien, nos impulsa a investigar con urgencia en el menú del artista.
Gracias Marjorie, por ayudarnos a crecer!