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Cena en La Guarida – La Habana, Cuba

La Habana, Cuba.

Cena en La Guarida.

Un recuento de mi visita al restaurante 
que aparece en el filme 
Fresas y chocolate
y lugar preferido 
de Robert de Niro.

 

Todo comenzó viendo la película 
Fresas y chocolate...

Diego y David en la película "Fresa y chocolate".

«Bienvenido a La Guarida», le dice Diego a David en ese largometraje de 1994, coproducción cubano-española-mexicana, dirigido por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. Al ver la película y conocer la locación, hice promesa firme de que algún día lo visitaría.

La decisión se consolidó con la descripción entusiasta del sitio, hecha por un amigo gourmand de origen cubano, en cuyo cuidadoso album de viajes figura ese restaurante, en el que ha comido varias veces, por lo que nos lo recomendó con conocimiento de causa.

Ya estaba planeado nuestro viaje a Cuba y semanas antes de salir de San José hicimos la reservación por correo electrónico, que hubo que confirmar por teléfono ya en La Habana, el día anterior a nuestra visita.

Al abordar el taxi en el hotel y dar el nombre de la paladar [así, en femenino, como les llaman en Cuba a estos establecimientos privados en donde se expende comida], el chofer nos advirtió -con cubano desenfado- que quedaba en un lugar un poco sórdido, que no nos desencantáramos antes de tiempo.

Al entrar en una calle angosta, llena de escombros, en una parte de La Habana vieja que no ha sentido aún los aires de la restauración, no sabíamos qué esperar. Cuando el auto se detuvo a mitad de la cuadra, en el medio de la nada, un vigilante se apresuró a abrirnos la puerta del auto y al bajar vimos un enorme portón de madera tallada, de dos hojas, que abría a un lobby con escalera de mármol y hierro labrado.

Escalera de entrada al edificio multifamiliar donde está La Guarida.

Escalera de entrada al edificio multifamiliar donde está La Guarida.

Estábamos en el Concordia No. 418, en Gervasio y Escobar, en el Centro de La Habana, en un palacete de principio del siglo XX que conoció mejores tiempos de lujo y boato. Ahora mostraba tímidamente su decadencia ante nuestras primeras miradas.

Al entrar, un graffiti con la bandera de Cuba y el retrato de Camilo Cienfuegos en la pared de la derecha. En la memoria, la pregunta cliché al ver el retrato: «¿Voy bien, Camilo?».

Mural en el edificio de La Guarida.

Mural en el edificio de La Guarida.

En el primer descansillo de la escalera, un fragmento de un discurso de Fidel titulado «Por eso decimos ¡Patria o muerte!».

Vamos subiendo hasta el tercer piso con cierta aprehensión, sin saber a ciencia cierta qué encontraremos. En los dos niveles anteriores observamos niños jugando, gente con bolsas que entra a sus apartamentos, la vida normal de un edificio con vocación prioritariamente habitacional.

Al llegar al tercero, vemos al fin un rótulo que nos confirma que no nos hemos equivocado. Es, efectivamente, la afamada paladar La Guarida, en la que sus dueños, Enrique y Odeysis, vigilan cada detalle.

Puerta de entrada a La Guarida.

Puerta de entrada a La Guarida.

Nos acompañan  a la mesa que nos tienen reservada y en la de al lado reconocemos a un actor de Hollywood, canoso y apuesto, de cuyo nombre ninguno en el grupo pudo acordarse. En cambio, no nos tocó coincidir con otros famosos que han estado allí, una lista variopinta en la que figuran las Kardashian, la Reina Sofía, Tom Jones, Steven Spielberg, Pedro Almodóvar y decenas más.

En una pared destaca el altar de la cultura, encabezado por José Martí y abundante bric-a-brac, vestigio de un boato y una religiosidad desvaídos desde varias décadas atrás.

En la mesa, cuatro platos, cuatro vasos y cuatro juegos de cubiertos: todos distintos, lo que va muy acorde con la tendencia actual al mismatch.

Revisamos el menú con detenimiento y encontramos varios platillos interesantes. Después de una cuidadosa deliberación, ordenamos.


Tres solomillos. El más carnívoro del grupo se vio tentado por este plato, que lleva queso azul y chocolate, pimienta verde y salsa bernesa. Respondió a lo esperado. Estaba realmente rico, suave y gustoso.

Cochinillo lechal confitado, con reducción de naranja y miel. Ese fue el mío. Se deshacía en la boca, excelente sabor y acertada la salsa. Delicioso el puré.

Tres solomillos

Tres solomillos

Cochinillo lechal.

Cochinillo lechal.

Raviolis.

Raviolis.

Raviolis de queso, salsa pesto y culantro. El emplatado menos logrado de todos, con muy poca definición a la vista en color y texturas. Al verlo no esperaba mucho de él, pero en las papilas gustativas sacó mejor nota de lo que permitía esperar.
Pescado del día con pisto en texturas. Muy bueno, gustoso y tierno, sin ser excesivamente intenso.
Ah, y de guarnición, más por antojo que por otra cosa, pedimos yuca con mojo. Era exactamente eso: yuca con mojo. Suavecita y sabrosa, pero puesta en el plato tal cual, sin mayor ciencia ni cuidado. Los cortes tampoco hubieran pasado un curso profesional.

Pescado del día.

Pescado del día.

Yuca con mojo.

Yuca con mojo.

 

El postre emblema "Fresa y chocolate".

El postre emblema “Fresa y chocolate”.

"Tres chocolates".

“Tres chocolates”.

Los postres, en pequeño número en la carta, se lucieron esa noche.

Primero ordenamos el inevitable Fresas y chocolate, un tipo de volcán de chocolate con salsa de fresas, exquisito.

Luego, para seguir con el tema del restaurante, pedimos otro llamado Chocolate 3 leches, una especie de flan interesante.


He leído en las redes sociales comentarios de alguna gente que dice que estuvo en La Guarida en “su época de gloria” y que ya no es lo mismo.

No estoy muy segura de qué significa exactamente esa frase, pero puedo decir que lo que vivimos allí fue una experiencia original, un poco surrealista y un tanto kitsch; que nos gustó lo que comimos y que la visita bien valió el boleto. Y por si se están haciendo la pregunta, ¡claro que volveríamos!

Galería de fotos 
(Fotos de María del Mar Cerdas-Ross).

 

Entrada al baño.

Entrada al baño.

Pasillo hacia el baño.

Pasillo hacia el baño.

La Guarida. Escaleras.

La Guarida. Escaleras.

La Guarida. Calle de atrás vista desde el techo.

La Guarida. Calle de atrás vista desde el techo.

 

 

 

 

 

 

 

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