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Alfonso Chase y su Libro de las Maravillas


Alfonso Chase y Marjorie Ross, Feria del Libro de Bogotá, mayo de 2001.

Alfonso Chase y Marjorie Ross, Feria del Libro de Bogotá, mayo de 2001.

 

Es un privilegio para mí venir a Colombia a presentar un libro de uno de nuestros escritores más renombrados, justo después de convertirse en la persona que recibe a edad más temprana, el máximo premio que se otorga en Costa Rica, por la obra de toda una vida, el Premio Magón.

Alfonso Chase es ante todo, poeta, pero también es novelista, cuentista y mago de la palabra.

En el Libro de las Maravillas [San José, Editorial Costa Rica, 2000], una antología de romances y tradiciones costarricenses, del cual es compilador, prologuista, investigador y anotador, todas esas facetas se unen de una manera nueva, para dejar aflorar a un Chase que, aunque ciudadano del mundo, no pierde nunca sus raíces, y encuentra en los recuerdos, historias, canciones, juegos infantiles y aromáticas ollas, las fuentes de su identidad personal y nacional.

Esta compilación, que el autor comenzó en 1982, y que se publica con ilustraciones de Juan Manuel Sánchez, es un rompecabezas muy costarricense. Al llegar a la página final, surge una acuarela de una Costa Rica que se niega a desaparecer en el mundo globalizado de hoy.

Libro de Las Maravillas

Para pintarla, Chase tomó una veta olvidada, de investigadores como Luis Ferrero, quien ha publicado 36 juegos folklóricos y La poesía folklórica costarricense;  así como la obra de la Dra. Michele de Cruz, con su antología de nuestra poesía lírica y el Romancero tradicional de Costa Rica. A todo eso se sumó un meticuloso e intenso trabajo de recopilación personal, que se dio durante varias décadas, paralelamente a la labor creadora del poeta novelista.

Los capítulos

Que Chase haya asumido esta temática no es sorpresa,  ya que siempre ha estado inmerso en nuestra historia, aunque no para narrarla, sino para descubrirla, para reinterpretarla, para darnos su versión, a menudo a contrapelo de la sanitizada historia oficial.

El amplio texto, cuyas fuentes principales fueron orales, se divide en Romances tradicionales, que son historias populares narradas en verso: Rondas y juegos, de una época en la que la infancia no consistía en estar atornillados a un asiento frente a un televisor; Dichos infantiles, que resume juegos de letras, ingenios y búsquedas, que adentraban a los niños en una relación especial con la palabra, como con un conjuro mágico; Canciones de cuna y arrullos, que traen de vuelta al presente las voces de las mujeres de la familia, que adquirían frente a la mirada de los pequeños la estatura que el patriarcado les negaba; Adivinanzas (de nuevo, la invocación a la palabra como conjuro); Villancicos para el niño Dios, como muestra de la religiosidad popular; Coplas y coplillas, no desprovistas de cierto humor campesino y burlón; Dichos y ocurrencias, algo en lo que los ticos nos distinguimos, no solo en los estratos populares, sino hasta en las altas esferas políticas; Oraciones y milagros del caminante, que incluye desde plegarias de religiosidad católica, de las que se reparten comúnmente en estampitas en los templos, hasta otras no tan santas, que solicitan favores a la planta de romero, a la de sábila, o al gato negro. Al lado del himno a la Virgen de los Ángeles, patrona de Costa Rica,  viene el llamado Hechizo maléfico para hacerse amar, y hasta una oración para ganar la lotería; y Somos lo que comemos, un apéndice que recoge una muestra de recetas de nuestra cocina criolla, más que como una reflexión sobre ella, como un bocado que se presenta a sí  mismo para provocar la curiosidad y el apetito del lector.

Alfonso Chase.

Alfonso Chase.

El libro habla del autor

Lo cierto es que las compilaciones terminan revelando más sobre el compilador que sobre las partes, como una especie de suma transformadora, que redescubre y revalora, en una alquimia transmutadora que se produce mientras leemos.

Eso es lo que ocurre en este caso, ya que la lectura  nos presenta a un  Alfonso Chase que, debajo de su pasión cosmopolita, está construido célula a célula por su identidad costarricense, y más atrás aún, marcado por su nacimiento en la antigua capital colonial, una Cartago de tiempo lento, mujeres enlutadas y aroma a dulcería.

La labor de rescate del folclor como saber popular, es altamente valiosa, sobre todo para pueblos jóvenes como los  nuestros, sometidos, de una forma o de otra, a un duro proceso de transculturación.

La memoria del pueblo

Un pueblo sin memoria es una nación sin futuro. Por eso, obras como esta que se presenta esta noche, adquieren gran importancia, no solo como redescubrimiento, sino como pilares que apuntalan una nacionalidad en lucha, no para oponerse a las demás, sino para tener la fortaleza de ser punto de encuentro en la solidaridad y la creación.

Chase señala que en su horizonte ha estado la búsqueda de una estética de la cultura popular, que define su participación lingüística por medio de un lenguaje rico en tonos, pícaro algunas veces, despojado de lo hipócrita, y que de alguna manera expresa juicios, observaciones y prejuicios, que son la manera de ser y existir del pueblo en la formación de su propia visión del hecho literario, sin restricciones sesgadas. El escritor recoge estas manifestaciones, buscando unir lo urbano con lo rural.

En otros países latinoamericanos se han producido, asimismo, en las últimas décadas, estudios reivindicativos de esa memoria popular. Así, se abre la enriquecedora posibilidad de compartir y comparar, en el camino hacia la construcción de identidades latinoamericanas comunes. Como bien lo dice Chase en el prólogo de su libro, “la expresión popular tradicional nos acerca a otros pueblos del continente, que tienen formas semejantes de expresión”.

Ello nos permite ahondar en un proceso cultural y establecer relaciones de concordancia, divergencias expresivas y lingüísticas, así como medir la intensidad con que se mantienen esas formas a través de los años.

Muchas gracias, Alfonso Chase, un encantador de palabras.

Marjorie Ross, Feria del Libro de Bogotá, mayo de 2001.

 

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