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Cómo vestirse de miedo

El riesgo que genera andar en las calles dio origen a la moda de la incertidumbre.
La cantante rusa Sasha Gradiva llegó a la 54ava edición de los premios Grammy con un vestido que traía ametralladora incorporada, una metáfora ciertamente bizarra de la "moda de la incertidumbre".

La cantante rusa Sasha Gradiva llegó a la 54ava edición de los premios Grammy con un vestido que traía ametralladora incorporada, una metáfora ciertamente bizarra de la “moda de la incertidumbre”.

Hay una tendencia en la moda de hoy que refleja la inseguridad y el temor que nutren nuestro día a día. Si el miedo que nos agobia se imprime en nuestras viviendas, en forma de rejas y cerraduras, necesariamente habría de marcar su huella en el vestido, ese elemento humanizador adherido a nuestro propio cuerpo.

Por ello, la que podríamos llamar “moda de la incertidumbre” va enseñoreándose de las pasarelas, en las que ya se exhiben desde chalecos antibalas y chaquetas con ametralladoras ocultas, hasta atuendos que nos mimetizan y camuflan, intentando hacernos desaparecer en el paisaje urbano.

“Alta seguridad” . Desde hace milenios, nuestra especie ha aceptado su debilidad con respecto a otros habitantes del planeta, en cuanto a carecer de protección personal incorporada. En ese sentido, fácilmente se ve la superioridad del escarabajo, del escorpión y del cangrejo, miembros de la familia de los artrópodos.

Ellos llevan el esqueleto expuesto: poderosa armadura compuesta de varias piezas resistentes que les sirven de sostén, protección y arma defensiva, amén de ser impermeables.

A falta de defensas como aquellas, la inventiva humana ha creado numerosas prendas para proteger nuestros vulnerables organismos, desde pesadas armaduras de metal hasta sintéticos chalecos contra balas.

El colombiano Miguel Caballero diseña modernas prendas antibalas que se venden en los más variados y distantes países.

El colombiano Miguel Caballero diseña modernas prendas antibalas que se venden en los más variados y distantes países.

En Latinoamérica hay varias empresas dedicadas a la producción de sofisticadas prendas de vestir, tales como jackets de cuero blindadas, que forman parte de la llamada “moda de alta seguridad”. También fabrican trajes de hombre, formales e informales (‘casuales’), así como chalecos y hasta camisetas, con protección antibalas.

Van dirigidos a un mercado que exige la máxima discreción, comodidad y flexibilidad. Sus compradores son guardaespaldas, consultores de seguridad, funcionarios gubernamentales y altos ejecutivos.

El auge de esas prendas ha sido tal, que ya son protagonistas de concurridos desfiles de modas en varios países.

Chaleco diseñado por Miguel Caballero, para protección de los niños.

Chaleco diseñado por Miguel Caballero, para protección de los niños.

Camuflaje. Además de procurarse sus propias armaduras, los humanos de hoy recurren al camuflaje para mimetizarse en las peligrosas calles.

Mencionemos el trabajo de la joven diseñadora japonesa Aya Tsukioka, quien saltó recientemente a la fama al exhibir sus creaciones contra delincuentes en una estrecha calle de Tokio. Sus diseños son una muestra un tanto excéntrica de esta realidad.

Quizás el más sorprendente de sus diseños sea una larga enagua de tela roja brillante, especie de “transformer” textil, inspirada en las mantas negras que usaban los ninjas para ocultarse en la noche. En rápidos pasos, la prenda pasa a convertirse en una máquina expendedora de bebidas gaseosas, muy comunes en las calles japonesas, que oculta a quien la porta y le permite evadir a ladrones o criminales.

El primer paso de una transformación para ocultarse.

De este modelo ya lleva vendidas varias docenas, a un precio nada desdeñable de $800. Ella cose y graba a mano cada unidad. Asimismo, ya diseñó el prototipo de un kimono y de un modelo Deluxe, con cuatro lados, para lograr un camuflaje más completo.

El segundo paso para pasar inadvertidos.

Aya Tsukioka también ha creado un bolso en la forma y tamaño de una tapa de alcantarilla que, ante la presencia de un asaltante, puede colocarse en el piso y fingir que no se porta cartera.

Esas creaciones pueden parecer de una ingenuidad extraordinaria, protagonistas más bien de tiras cómicas, incapaces de engañar a asaltantes o asesinos. No obstante, no son únicas en cuanto a atribuirles poderes protectores –casi categoría de arma mágica– a algunas prendas de vestir.

Así queda finalmente. Las máquinas expendedoras de gaseosas son comunes en Japón. La prenda ayuda a camuflarse y cuesta $800.

Recordemos que en varias sociedades, entre ellas las precolombinas, el atuendo (incluido el maquillaje facial) tuvo como objeto aterrorizar al enemigo, en forma similar a prácticas existentes en las civilizaciones europeas de la Antigüedad.

Los diseños de Tzukioka, dirigidos a las mujeres de su país, toman en cuenta características específicas de la cultura japonesa. Según ella ha declarado, se basan en que las japonesas prefieren evadir a los atacantes y ocultarse, antes que enfrentar la vergüenza de un incidente callejero.

En una sociedad que premia la invención y la creatividad, este tipo de objetos no tienen nada de cómico. Si no resultan hoy un gran éxito de mercado, posiblemente sirvan para generar otros artículos mejores mañana.

Su existencia misma es una paradoja. La moda ha estado centrada en atraer la atención. Hacer que sus usuarios pasen inadvertidos, parece la negación misma de ese imperio de lo efímero.

Lo cierto es que, en más de un sentido, como ha dicho el filósofo francés Gilles Lipovetsky, en estos tiempos hipermodernos, “el temor se ha impuesto al goce, y la angustia, a la liberación”. Como espejo propiciatorio, la moda, así lo refleja.

Una versión de este artículo apareció en Áncora, de La Nación de Costa Rica, el 27 de enero del 2008.

Se encuentra en este enlace:

http://wvw.nacion.com/ancora/2008/enero/27/ancora1393360.html

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