
Las catrinas. Inspirada en la obra de José Guadalupe Posada (Aguascalientes, 2 de febrero de 1852- Ciudad de México, 20 de enero de 1913).
Ni tan nuevo ni tan gringo
Para los fundamentalistas religiosos, disfrazarse y divertirse el 31 de octubre, víspera del Día de Todos los Santos, es diabólico y satánico.
Para otros, es dejarse utilizar por los avances del marketing global y abandonar nuestras tradiciones para abrazar costumbres y rituales estadounidenses, etiquetados bajo el término inglés “Halloween”, un vocablo que llegó para quedarse.
Como no creo en un mundo dibujado en blanco y negro, con ninguno de esos argumentos coincido. Les invito, cordial y respetuosamente, a que conozcan los míos.
Desde tiempos coloniales
No es cierto que la costumbre nos llegara de los Estados Unidos ni, mucho menos, que se trate de un ritual satánico. Tanto en Europa como en América Latina la fiesta se remonta siglos atrás y es la más reciente versión, secularizada, de una festividad religiosa católica, tendiente a sacar del purgatorio a las ánimas de los difuntos. Por ese lado, lejos de ser “demoníaco”, el ritual más bien estaría del lado de “los buenos” en la acera de en frente.
Denigrarlo, acusándolo de manera especial de hiper comercialización, tampoco pareciera justo, ya que no hay festividad que en nuestra época no esté saturada de consumismo. No obstante, la explicación para ello es mucho menos simplista que la que usualmente se da (ver fragmento al respecto de un ensayo de Octavio Paz, más abajo).
No fueron los estadounidenses, sino más bien los españoles, quienes trajeron la tradición hasta estas tierras. En las empedradas calles de Cartago, antigua capital colonial de Costa Rica, se coreaba la última noche de octubre la siguiente estrofa: “Ángeles somos/ del cielo venimos,/ limosna pedimos, / y si no nos dan,/ puertas y ventanas/ nos la pagarán”.
Reseñaba el periodista costarricense Francisco María Núñez, que esa noche las oscuras calles de la Vieja Metrópoli y otras ciudades de Costa Rica se llenaban del sonido de una persistente campanilla, cuyo portador iba al frente de un lúgubre desfile. Detrás de él, cada participante portaba su farol grande, colgado de un palo. En cada lado del farol, calaveras y fémures ponían la nota dramática. Si se tenía a mano una estampa del purgatorio, en la que se viera el sobrecogedor sufrimiento de las almas en pena, también se añadía.
Con voces cavernosas, los devotos iban de casa en casa pidiendo “una limosnita para las ánimas del santo purgatorio, por el amor de Dios”.
Por las puertas, apenas entreabiertas, misteriosas manos entregaban golosinas, entre ellas, yemitas y suspiros (golosinas de azúcar y clara de huevo, llamadas “suspiros de las ánimas”), sabedoras de que, en caso contrario, del manto de la noche surgiría la amenaza de hacer algún daño, poco menos que inocente contra aquella morada.
Para iluminar el macabro cortejo, al par de los faroles se usaban grandes antorchas. Estas servían para guiar a los muertos y que no se perdieran de camino, ya que se pensaba que esa noche salían a visitar a sus deudos, para renovar las conexiones de familia, amistad y devoción.
Como acompañamiento al sonido de la campanilla, que tenía por objeto alejar a los espíritus malignos, estaba el golpe que producía el choque de los huesos de animales que muchos portaban, tanto para hacer ruido como para causar miedo.
La ocasión se convertía en pretexto para que los jovenzuelos hicieran sus travesuras, amparados detrás de la santa intención de librar de los tormentos a los antepasados propios y ajenos. Si no había respuesta positiva a sus demandas, surgía el versito antes mencionado, equivalente al norteamericano “trick or treat” (traducido libremente: regalo o venganza), con que se amenazaba a quienes mantenían sus puertas cerradas, imperturbables ante el desfile de farolas y calaveras.
El historiador Luis Ferrero me contó haberlo recitado en su infancia en Orotina, en donde la tradición (al igual que en Sánchez de Curridabat, poblados de Cartago, el valle de Barva y San Ramón, según otros entrevistados), estuvo viva bien entrado el siglo veinte.
Si había buena respuesta, el generoso era recompensado con otra estrofa: “Esta limosna que has dado/ con amor y con anhelo,/ será la primera escala/ para que subas al cielo”.
Pero si surgía una respuesta negativa, o simplemente se ignoraba a los solicitantes, se oían de nuevo las voces irónicas: “¿De qué les sirve, señores,/ tanta pompa y hermosura,/ si todo lo han de dejar/ al pie de la sepultura?”.
En la localidad de Tajuenco, en Soria (España), que fuera corazón de la Celtiberia (en ella quedaba la célebre Numancia) se festeja de manera parecida desde la época medieval. Durante el desfile, se cantan varias cuartetas “para ahuyentar a los fantasmas”. Antiguamente, las velas se llevaban dentro de faroles con forma de calavera; actualmente se portan en farolillos, tinajas de barro o calabazas. Al terminar el ritual, el sacristán reparte pastelillos y vino entre los asistentes. Es oportuno mencionarlo, porque con frecuencia se tiende a relacionar lo celta con Irlanda o con algún otro sitio de las islas británicas y no estamos conscientes de nuestras propias raíces celtíberas.
Fragmento de las canciones sorianas
“A las ánimas darás/ limosna cuando pudieres/ y lo mismo desearías/ si con ellas estuvieres./ Los afanes de este mundo/ a esto vienen a parar/ si comprendes nuestras penas/ os libraré de pecar./ Mirad cristianos: que Dios/ agradece la limosna/ y nos da ciento por uno/ en premio de eterna gloria./ Por las ánimas benditas/ todos hemos de rogar/ que Dios las saque de penas/ y las lleve a descansar”.
Aún hoy, en otros lugares de España, como señala Daniel Climent, se encienden fuegos a los que se acreditan propiedades mágicas, “las mariposetes de la noche del 31 de octubre, lucecitas especiales que arden flotando sobre una capa de aceite los días de Todos los Santos y de Difuntos y que sirven para señalar a las almas el camino hacia su casa”.
Dentro de la larga lista de esos “todos los santos” que se conmemoran el 1 de noviembre y su víspera, son legión los niños muertos en la infancia -que no necesitan ni escalera para subir al Cielo-, y a los que se les llama “angelitos”. La “vela del angelito” es una costumbre todavía arraigada en Costa Rica, sobre todo en sectores rurales.
Sesenta años de Halloween mediático
Ferrero me facilitó una referencia a esta fiesta en la prensa costarricense de 1922, que él achacó a una posible influencia de las compañías extranjeras Northern Railway y United Fruit, pero que más bien era una remozada versión de la que por siglos se venía realizando, ya que el festejo no comenzó masivamente en los Estados Unidos sino hasta 1921, cuando se llevó a cabo el primer desfile de Halloween en el estado de Minnesota; luego le seguirían otros estados. Es difícil que al año siguiente ya se estuviera celebrando en Costa Rica, como influencia venida de allá, y más pareciera tratarse de la antigua fiesta católica.
No obstante, sí es cierto que en los años cincuenta del siglo veinte, las familias estadounidenses residentes en el país y los alumnos de los colegios que enseñaban inglés, salían la noche del 31 de octubre con sus amistades, escondidos tras sus disfraces, a pedir dulces casa por casa. En un principio el recorrido se limitaba a ciertos barrios residenciales, en donde recibían a los visitantes con puñados de golosinas. Por ese entonces, el cine y la TV iniciaron su ofensiva, armados con calabazas, brujas y gatos negros. Más de medio siglo de octubres lluviosos ha habido desde entonces, y pedir dulces esa noche se extendió, geográfica y socialmente, a muchos otros sectores, quedando olvidados los orígenes coloniales y católicos de la celebración.
Origen de la festividad
James G. Frazer (“La rama dorada”) y otros estudiosos han subrayado que la festividad nació como una cooptación, por parte de la Iglesia Católica, del antiguo festival pagano de los muertos, en sus orígenes celtas y romanos. En las antiguas culturas celtas de Europa, la noche del 31 de octubre se celebraba el año nuevo, o tránsito del verano al invierno, con el festival de Samhain, el principal de sus festivales del fuego. Se creía que Samhein era un período lleno de misterio, en el que se abría una especie de ventana mágica, se borraban los límites entre el pasado, el presente y el futuro y la muerte caminaba entre los vivos Marcaba el fin del buen tiempo y la entrada del frío, así como el fin de las cosechas.
Los sajones que en siglo V d.C. ocuparon los territorios celtas continuaron con la tradición, que después se cristianizó como All Hallow’s Eve (o “vigilia de todos los santos”), antecedente del actual Halloween, celebrado con mascaradas en Gran Bretaña y llevado a los Estados Unidos por los inmigrantes irlandeses.
En cuanto a los antiguos griegos, pensaban que entre el 1 y el 2 de noviembre Hades permitía el ascenso a la superficie de la Tierra a los espectros de quienes habían sido buenos durante su vida, para que hablaran a sus descendientes mediante sonidos. Una creencia similar perdura en el mediterráneo occidental, donde se visitan los cementerios, se habla con los muertos, se adornan sus tumbas con flores y se cree que las almas vuelven desde el mediodía del 1 hasta el mediodía siguiente. En algunos casos, se comparte alimento junto a las tumbas, como se hace en Guatemala.
Cuando la cultura romana se mezcló con la celta, la fiesta de los muertos subsistió, aunque se fue transformando. En la antigua Roma se celebraba el fin de año el 21 de febrero, con una fiesta llamada Feralia, en la que se pedía descanso y paz para los muertos.
Con la cristianización del imperio, se fueron sustituyendo esas costumbres por prácticas católicas. El 13 de Mayo de 609 o 610, el Papa Bonifacio IV consagró el romano Panteón de Agripa (en el que se honraba a los antiguos dioses) como templo de la Virgen y de los mártires cristianos (los santos anónimos). Ese fue el primer paso para la fiesta de Todos los santos. Gregorio III (731-741) la trasladó al 1 de noviembre, para que coincidiera con las fiestas de Samhein que los conversos recientes aún se negaban a abandonar.
Luego en Francia, en el siglo X, Odilón, el Abad de Cluny, quiso instituir la fiesta de los muertos, una fecha en que se rezara e intercediera por los fieles difuntos, a cuya salvación estaba dedicada una cofradía de su orden. Hábil estratega, tuvo la idea de fecharla el primero de noviembre.
Como todas las fiestas mayores católicas, esta requiere una vigilia para su preparación, que coincidió con el 31 de octubre y el Samhein celta, dedicado a procesiones y desfiles, destinados a salvar a las ánimas del Purgatorio (que conforman “la iglesia purgante”, compuesta por los difuntos que necesitan purificación antes de entrar en el cielo. El 2 de noviembre se reza para que lo logren). A los santos, ya glorificados en el cielo, les rezan el 1 de noviembre. De manera que la celebración se inicia la víspera del día de Todos los santos y sigue hasta el 2 de noviembre.
Como podemos ver, fue la tradición europea, en su versión hispana, la que llegó a nuestro país, junto con la religión católica, en las carabelas españolas y persistió, con apenas variantes, hasta principios del siglo pasado. Por eso no fue difícil que se adoptara luego la versión estadounidense del Halloween.
Los disfraces, antes de Kmart, Wal-Mart y Hallmark
Sobre la presencia de disfraces en la festividad hay varias teorías, no necesariamente excluyentes. Por un lado, se trata de repetir los hábitos luctuosos, de color negro, con los que desfilaban para esas fechas en la Edad Media. Los trajes blancos y fantasmales eran reminiscencias del sudario con el que se sepultaba a los muertos.
Las máscaras y los embozos eran artículos de uso frecuente en aquellas épocas, y las primeras eran una protección contra los “espíritus del mal”. Basta con mirar los atuendos de penitentes y “afligidos” en algunas celebraciones de Semana Santa en países católicos, para que se evidencie la relación.
Otros señalan que los celtas se cubrían con pieles de animales, para evitar que los espíritus menos amistositos los visitaran, y que ensuciaban sus moradas para hacérselas poco acogedoras a esos espantos. Los disfraces serían, para ellos, un uso moderno del mismo truco protector.
Una sola mención a la calabaza: no nos resultan extrañas las cucurbitáceas, porque desde tiempos prehispánicos ha habido en nuestro suelo una gran variedad de ellas, que han sido talladas y usadas de maneras diversas. En regiones como San Pedro de Poás, la tradición oral ha transmitido el recuerdo de días anteriores a la llegada de la luz eléctrica, cuando eran los ayotes los portavelas preferidos.
Esta nota: vela encendida para quienes han partido
Los tiempos pasan, las tradiciones se transforman y se globalizan. Pero la gama de sentimientos humanos que se desencadena ante la inevitabilidad de la muerte, con “halloween” anglosajón o fiesta de las ánimas de herencia celtíbera, más la inagotable sed de travesuras de niños y jóvenes, hará que este tipo de actividades resurja una y otra vez.
Los valores de respeto y memoria viva de quienes ya se fueron; de la fiesta y la convivencia; de la tolerancia y la celebración comunitaria, así como el elemento lúdico del disfraz, la sorpresa y el alimento compartido, están allí, para ser recuperados, con base en el respeto a las creencias y valores de cada quien.
En esto, como en todo, es importante volver la mirada hacia nuestras raíces y reencontrar el origen de la fiesta en nuestra propia identidad multicultural.
También lo es el tener un encuentro desenfadado con la muerte, a la que los costarricenses parecemos mirar con tal respeto, que hasta su nombre se nos torna impronunciable. Para terminar con una sonrisa, recuerdo en este sentido la anécdota de un cruz rojista, que después de examinar a un accidentado, al ser encarado así por un pariente del muerto: “Cómo lo ve, dígame cómo está”, su respuesta fue: “Yo lo veo feíllo, pero …quién sabe”.
(Los invito a leer las otras partes de esta nota: II. Sincretismo en México; III. Panes y dulces para las ánimas y IV. Literatura para morir…¿de miedo? Eso sí, les pido disculpas, porque el rediseño de esas notas aún está en construcción).
(Material de uso restringido © Marjorie Ross, libro en preparación).









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Estupenda entrevista y estupendas las respuestas a través de las cuales aprendí cosas nuevas ! Gracias ! Un saludo amigo ! Carlos Poveda