
Acaba de aparecer un libro de la poeta, crítica literaria y fotógrafa argentina Gabriela Liffschitz, Un final feliz. Relato sobre un análisis (Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2009), sobre su proceso en el diván del psicoanalista lacaniano Jorge Chamorro.
Comparto con ustedes una nota que le dediqué a Gabriela, a propósito de su libro Efectos colaterales (Editorial Norma, Buenos Aires, 2003).
El legado posible de Gabriela Liffschitz
Ese libro nos roba mucho más que la mirada. Se inmiscuye en nuestro subconsciente y ataca de frente los preconceptos de una sociedad que cada vez más convierte a las mujeres en nodrizas del deseo.
El trece de febrero del 2004, Gabriela Liffschitz, murió después de cinco años de habérsele detectado un cáncer de mama. Con un seno visible y otro ausente, lejos de preguntarse “¿por qué a mí?”, Gabriela había decidido explorar, vital y fotográficamente, la vía de un erotismo mutante, que no mutilado. Su libro, Efectos colaterales, es una muestra de su indagación en una estética contestataria, que nos habla de la unidad en la transformación, de la permanencia en el cambio, de la vida en la muerte. De lo femenino como totalidad humanizada, que desborda los cánones.
Belleza cambiante
Desde la década de los ochenta, algunas mujeres famosas se han fotografiado desnudas con un solo pecho, y su vista siempre produce un impacto poderoso. Pero la fotógrafa argentina fue más allá en su posición subversiva, al convertir su propio cuerpo en obra de arte. Al hacerlo, no es “la faltante”, como ella la llamó, lo que nos impacta, sino más bien la ausencia de esa impresión temerosa que esperábamos.
Quizás, porque la realidad se vuelve engaño cuando la mirada va hacia la imagen y se devuelve. Como escribió Liffschitz alguna vez, “cuando se habla de realidad, cuando se dice “lo real” o “realmente”, si se presta mucha atención, si se insiste en agudizar el oído sobre lo dicho, se podrá reconocer -o adivinar- un rasgo de rareza… Uno advierte, en definitiva, que es la pura extrañeza la que se presenta, juguetona, entre los más firmes pilares de la experiencia -casi insólita- de lo real”.
Rebelde activa, Gabriela se negó a asumir el papel de condenada a muerte que se esperaba de ella, para buscar más bien una nueva sensualidad, enfocada, no desde la simetría exigida por los criterios de belleza dominantes, sino desde su propia unidad. Desde ella: la misma, antes y después del bisturí.
La desnudez de lo desnudo
En este libro extrañamente autobiográfico, en el que la autora es texto y, literalmente, cuerpo del relato, Liffschitz no nos entrega edulcorantes, ni trata de mentir sobre las rutas dolorosas que ha debido seguir.
Al usar el instrumento del autorretrato para ofrecer su mensaje, lo inscribe sobre su propio cuerpo, más allá de la piel que lo protege. Se hace pintar dos culebras, evidenciando una vez más que ella misma es lienzo y autora, de una manera indivisible, pero también es escenógrafa y actriz, mil y una mujeres completas, detrás de las imágenes insólitas que nos llenan de interrogantes.
No solo son sus formas desnudas las que muestra, sino una doble desnudez, aún más desconcertante, por el efecto andrógino de la medicina al arrancar sus cabellos y eliminar toda vellosidad.
Su intención es explícita: “Una mirada desnuda desde el cuerpo, es esta superficie que ahora refleja la luz. Como nunca lo hizo antes. Nunca. ¿Qué era el cuerpo antes? ¿Antes de ser el protagonista de un relato hasta entonces insospechado? No lo sé, no logro recordarlo porque probablemente no lo haya pensado. No hacía falta. Lo que haya sido antes ha quedado ahora por completo desdibujado, o tal vez es que por primera vez se dibujó un cuerpo ahora: después de haber sido intervenido, revisado, releído, constatado, recontextualizado, reinscripto… Lo cierto es que ahora mi cuerpo tiene algo para decir. Sólo ahora tiene escrito un relato que me parece que puede ser bueno publicar”.
Palabra viva
A partir del diagnóstico y la operación, la fotógrafa – una y distinta-, viajó por rutas tremendas, en las que coexistían la quimioterapia y la metástasis ósea, con unas gozosas vacaciones y muchas sesiones fotográficas, en las que se exhibió “topless, siendo impar”, según sus palabras; y siguió viviendo.
Pero incluso más allá de las fotografías, en las que utiliza un lenguaje dramático y juega con los estereotipos de la imagen erótica, es la palabra, el Verbo, lo que le permite transmutarse y seguir adelante: “Por suerte siempre están las palabras, me digo, cuyo cuerpo, como el mío, nunca puede realmente ser devastado. Mal interpretado sí, citado erróneamente, también, pero para la devastación no hay aquí un cuerpo que se ofrezca”.
Ese mensaje, lúcido y lleno de fortaleza, es su extraordinario legado.
Otras obras de Gabriela Liffschitz
Venezia, poesía.
Elizabetta, novela corta
Recursos humanos, fotografías y textos poéticos.





Que impactante !!! que belleza de artista, somos un todo aunque nos falten partes físicas. Será así con las emocines y con los sentimientos maltratados? Somos un todos entre las partes de todos los demás? Tendrá que salir tanta fuerza y belleza de la adversidad?
No parece tu caso porque desde tu belleza y trabajo surge la palabra atinada y transparente.
gracias Señora.
Tu excelente artículo es un canto de esperanza a las víctimas del C.A. que nos deja tan desprotegidas
emocionalmente y concientizar a las otras mujeres y hombres,
a hacer sus revisiones médicas constantes al mínimo síntoma, ya que la enfermedad “seguro se obstinó de tener sólo al género femenino y ahora decidió incorporar al género masculino.
Enfrentadas con el propio yo,a veces naúfragas hacemos trizas al destino adverso con
infinito coraje y en esa tensión del esfuerzo continuado del espíritu, crecemos y creemos,aunque siempre una triste lágrima se encuentre ahuecada en el fondo del alma y tener el privilegio de sonreír y,
sobrevivientes declarar cada día un canto a la vida,
saludando la ternura del alba y mirar cómo llega brillante y sigilosa la luz del sol.
Y hasta quizá,un ángel mistificado nos mire llorar.
Si uno es uno y multiple-sin desearlo-sin saberlo,sin intuirlo siquiera- en la mente y en la emocion,cuando falta la logica y excede la emocion se mutila el pensamiento.
Ocurre la misma mutilacion cuando carente de emocion se excede la logica.
Dejamos de ser humanos,total y enteramente humanos cuando estos dos ingredienes no se mezclan adecuadamente, dando como resultado seres imperfectos aunque tengamos todas las partes anatomicas del ensamblaje.
Comprenderlo no es facil por el apego material al substrato organico unico cercano a nuestra vista que si nos domina nos hace aun mas materialistas. Y nos depegamos se esa dictadura corporal cuando trascendiendo lo visible nos podemos hundir en el espiritu unico valido como pasaporte para la vida .
Tal pasaporte no es facil de obtener: se requiere el valor de comprender la transitoriedad de la anatomia y la eternidad del espiritu: algunos logran transponer el umbral,otros se quedan tras la puerta.
Igual que Gabriela, aceptar y aceptarse, es un proceso. Se sufre, se conoce lo más bajo y sobretodo, se transita en soledad. Porque muy íntimo y sólo es el tránsito del dolor a la aceptación, aunque estén rodeándonos de amor y comprensión los amigos!
Gracias amiga!
Nos podrán amputar una mama o las dos; mientras no nos arranquen ni el corazón ni las palabras…
”Soy un hombre con fecha de vencimiento“. Esa es mi última frase. Y aunque causa risa, es una realidad de todos. La muerte cada día está más cerca. El desgaste, el deterioro, la pérdida paulatina de partes de nuestros cuerpos, sean estos dientes, pechos, dedos, facultades, etc., lo único que hacen es recordarnos que nos estamos acabando.
Por eso vivamos intensamente, que la vida se acaba.
De ahora en adelante, la Liffschitz
pasará a llamarse Luciérnaga.
Miroslav Scheuba
A partir de ahora, la Liffschitz
pasará a llamarse Luciérnaga
Miroslav Scheuba
?qué decir sin poder sentirlo?, ?sin saberlo? Poco o nada, pero sí admirar la entereza de las gabrielas que ponen nortes al mundo de todos. Gracias, arjorie, por evocarlo.
Marjorie siempre sorprendiéndonos con temas que nos ponen a reflexionar…Gracias, amiga!
Este es un escrito magnífico de Marjorie Ross, un honor digno de la poeta/fotógrafa que acudió con toda solemnidad a su propio sacrificio. La argentina me recuerda a Kathy Acker, escritora feminista que también murió de cáncer el mismo año.
Yo tenía el libro.
Se lo regalé a una amiga a quien le costó mucho aceptarse sus implantes después de una mastectomía total.
Era alumna mía en el primer taller de foto que dí.
Su obra final fueron autorretratos desnuda.
Fue una experiencia preciosa y estoy segura de que Gabriela le ayudó muchísimo.