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Víspera de Todos los Santos (Halloween) II

Sincretismo en México

Image:Posada-catrina.pngEn México la celebración tiene dos aristas: se honra todos los santos anónimos y a “los angelitos”, niños fallecidos, que según la tradición vienen a visitar a sus familias, con permiso de Dios.

Señala la investigadora mexicana Elsa Malvido, de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que el día de Todos los Santos, colocaban en las iglesias europeas un inmenso altar, en el que se exhibía el ara, esto es, las reliquias de personajes santos que cada iglesia poseía en sus altares.

(Material de uso restringido © Marjorie Ross, libro en preparación).

Podían ser huesos, cráneos u otros restos, la tierra donde fueron enterrados o una parte de la ropa que portaban. Para Malvido, ese es el antecedente principal del altar de muertos de México y otros países latinoamericanos, que allá se unió a elementos prehispánicos, tales como “los tzompantli llenos de calaveras, el mes de su calendario dedicado a los muertos y su absoluta despreocupación por la muerte como lo demuestran los sacrificios y las guerras floridas”.

Los pueblos precolombinos recordaban a sus difuntos en dos fechas especiales de su calendario: Ochpaniztli y Teotlecolo, una de las cuales se dedicaba a los “muertecitos” (nuestros “angelitos”), y la otra a los muertos adultos. En ambas había depósito de ofrendas de flores y se preparaban platillos especiales, en una época del año en que recién se recogían las cosechas: fines de octubre y principios de noviembre.
Actualmente los niños salen a la calle para pedir su “calaverita”, un regalo, dinero o una calavera de chocolate o azúcar. Luego se cena en familia. Los platos más tradicionales son arroz con frijoles, pollo o carne con mole, calabazas (ayotes) con canela y azúcar moreno, y batatas (camotes).
Calaveras y esqueletos eran representados en el arte prehispánico mexicano, particularmente en la civilización azteca. Las calaveras además son pieza importante en la configuración del altar, que se decora con diferentes colores. Los nombres pueden añadirse a las calaveras y los niños se los intercambian con los amigos.
Cada estado mexicano homenajea a sus difuntos de una manera original, pero todos lo hacen mediante el convivio, en el que los vivos difrutan y recuerdan a los difuntos.

La “huesuda” no les quita el sueño

En otros tiempos se fabricaban en México unos “entierritos”, con figuras humanas, cabeza de garbanzo y traje negro, representando al fallecido y a los sacerdotes trinitarios, encargados de llevar los cadáveres de los pobres al cementerio. Otra costumbre era hacer diminutas tumbas negras, con adornos blancos, con candelabros y una figura de berros representando al muerto.

Todo esto, así como las calaveras de chocolate y de azúcar decoradas con papelitos de vivos colores, que sobreviven hasta hoy, fascinando a los niños, muestran que los mexicanos desde la infancia aprenden a ver con respeto y humor, y no con miedo, a la que llaman, irreverentemente, la calaca, la huesuda, la dientona, o la flaca.
El poeta Carlos Pellicer lo resume en pocas palabras: “el pueblo mexicano tiene dos obsesiones: su gusto por la muerte- a la que llama “la calaca”-, y su maravilloso amor por las flores”. Sus compatriotas afirman que no se trata de reirse de la muerte, sino de reirse con ella.

Diego Rivera. Sueño de un domingo por la tarde en la Alameda. Detalle.

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Octavio Paz, en un ensayo titulado “Todos santos, día de muertos”, refiriéndose a las celebraciones mexicanas, dijo:

“…Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas.
El arte de la fiesta, envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros.
En pocos lugares del mundo se puede vivir un espectáculo parecido al de las grandes fiestas religiosas de México, con sus colores violentos, agrios y puros y sus danzas, ceremonias, fuegos de artificio, trajes insólitos y la inagotable cascada de sorpresas de los frutos, dulces y objetos que se venden esos días en plazas y mercados…
Algunos sociólogos franceses consideran a la fiesta como un gasto ritual.
Gracias al derroche, la colectividad se pone el abrigo de la envidia celeste y humana. Los sacrificios y las ofrendas calman o compran a dioses y santos patrones; las dádivas y festejos, al pueblo.
El exceso en el gastar y el desprecio de energías afirman la opulencia de la colectividad. Ese lujo es una prueba de salud, una exhibición de abundancia y poder. O una trampa mágica. Porque con el derroche se espera atraer, por contagio, a la verdadera abundancia. Dinero llama dinero…
Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.
Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con paciencia, desdén o ironía”.

(“Todos Santos, Día de muertos”, texto muy apropiado para leer en estas fechas, forma parte del fantástico libro “El laberinto de la soledad”, primera publicación de editorial Cuadernos Americanos, 1950. Publicada en el Tomo VIII de las Obras completas, Fondo de Cultura Económica, 1996.

Para leerlo completo:
http://www.ensayistas.org/antologia/XXA/paz/paz2.htm

Material de uso restringido © Marjorie Ross, libro en preparación.

(Los invito a leer la siguiente nota: III. Panes y dulces para las ánimas).

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