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Esos placeres… I.

Hay quienes solo lo hacen a la hora de recogerse en el lecho y en la privacidad de su habitación. Otros más aprovechan su paso por el cuarto de baño, que ocupa uno de los primeros lugares en las preferencias de los aficionados. Aquellos prefieren estar sentados cómodamente en su asiento favorito y con luz graduada ex profeso. Hasta hay quienes aprovechan para ello las colas en los bancos y otras instituciones de servicios públicos. Quienes comienzan con este hábito desde pequeños, no lo abandonan jamás y una gran mayoría se llega a declarar adicto irredento…

Es que amar la lectura es un compromiso vital que adquiere formas variadas y se manifiesta de maneras diversas. Para una legión de privilegiados, leer es tan importante como comer, ese otro hábito que asegura la vida y que puede ser fuente de placer cotidiano o de culpas perpetuas. Por ello, un número inestimable de gente suele unir ambas costumbres, en las circunstancias que se dirá.

Cuando se debe comer a solas. Comer es un acto social. Gran parte del placer de comer está en el acto de compartir con otro el alimento, que irá a formar parte de su cuerpo y del nuestro; por eso, cuando comemos con alguien, literalmente nos hermanamos con esa persona. Es en el sitio en que realizamos nuestras comidas donde, desde la más temprana edad, se transmiten conocimientos, hábitos y valores.

Solemos comer con aquellos a quienes admitimos en un núcleo especial (sea de afectos, negocios o momentáneas experiencias significativas). Difícilmente invitaríamos a nuestra mesa a un enemigo (aunque históricamente muchos poderosos lo han hecho, pero con el propósito oculto de acabar con ellos).

No obstante, en los tiempos actuales con mayor o menor frecuencia nos enfrentamos al hecho de que debemos comer en solitario. En esos casos, el lector apasionado se hace acompañar de material de lectura. Con ello ahuyenta la soledad y, si es en público -lo que duplica el sentimiento-, disimula ante el entorno ese hecho socialmente notorio de que no tiene compañía en su mesa. El libro pone una especie de cortina entre el comensal y los demás. Si está en su propio territorio, en la privacidad de su hogar, disfrutará aún más la mezcla de esos placeres.

Opiniones favorables. Quienes acostumbran unir lectura y alimentos, tienen sus listas de cuáles comidas son buenas para comer y leer. La sopa es poco aconsejable, como bien acotaba el ensayista Joseph Epstein, director por más de un cuarto de siglo de la revista The American Scholar , en su columna Life and Letters, que publicaba bajo el seudónimo de Aristides. “No solo requiere concentración, no solo es potencialmente embarrijosa, sino que no permite suficiente pausa como para leer un párrafo entre una y otra cucharada”. Este mismo autor desaconseja las pastas y guisados, así como sándwiches que exijan el uso de las dos manos, o aquellos que tienen mantequilla de maní o jalea, que siempre van a caer sobre el libro. Para él, son ideales los quesos y las frutas, ya que “uno come un bocado, mastica deliberadamente, lee un párrafo, regresa al plato, luego vuelve a la página, y se va creando un buen ritmo de lectura, comida, lectura, comida”.

Algunos aseguran que se comportan muy bien la tortilla española, las galletas con queso o carnes frías o, mejor aún, porque no se desmoronan, las tortillas, con casi cualquier relleno sin salsa (excepto con aguacate, diría yo, que tiene la misma inoportuna tendencia descendente que la jalea, una especie de atracción magnética hacia el material impreso). Por supuesto, antes de regresar a la página, hay que hacer buen uso de la servilleta. Las huellas de comida sobre un libro son imperdonables, una ofensa grave para el autor o autora.

Opiniones en contra. Los expertos aconsejan no leer mientras comen a quienes están en dietas de adelgazamiento, porque al parecer podrían consumir más de lo necesario, al concentrarse en las palabras más que en los bocados.

Hay que reconocer, asimismo, que para todo un sector de lectores, mezclar alimentos con libros es un sacrilegio o, en el peor de los casos, un hábito poco prolijo.

Fuera de toda duda, lo que jamás debe hacerse es comer o beber con un libro ajeno en las manos. El riesgo es ya un abuso y una descortesía para quien nos lo ha confiado.

Cambios. Aristides anhelaba hace casi veinte años, que inventaran los “almuerzos para leer”, de la misma manera que tenemos “cenas para TV”. Eso no ha ocurrido todavía, diría que afortunadamente, pero sí hemos llegado a la lectura de periódicos y revistas en línea, acompañada, frecuentemente, de los mismos platillos que son aptos para leer material impreso.

Otra novedad para comensales que leen mientras se alimentan en solitario: atriles que permiten mayor comodidad para leer durante las comidas, se anuncian ya en librerías virtuales.

Leer y comer, comer y leer. En fin, una mezcla placentera para unos; casi un sacrilegio para otros. ¿Cómo lo ven ustedes?

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