Mi Doctorado en Mediación Pedagógica
de la Universidad de La Salle
Recién pasaba el medio siglo de edad. Tenía varios libros publicados y estaba centrada en escribir otros tantos en el futuro inmediato. Había sido invitada a ingresar en programas de doctorado en la década anterior, sin que lograran despertar en mí la motivación requerida. Desde el punto de vista profesional, estaba clara en que no necesitaba ya un título más; desde el ángulo personal, a pesar de mis buenas calificaciones, la enseñanza tradicional -en todos los niveles-, había dejado huellas traumáticas en mi sistema, al punto de que aún me sueño ansiosa antes de realizar una prueba académica. De manera que no veía con interés un reingreso como alumna en el sistema educativo tradicional, cualesquiera fuera el nivel.
No obstante, cuando escuché y valoré con seriedad la entusiasta propuesta de este nuevo doctorado, sentí un fuerte impulso a cambiar mis planes de los siguientes tres años. Una de las principales razones por las cuales la oportunidad apareció ante mis ojos como diferente, fue la posibilidad de “chiflarme” (es decir, introducirme a profundidad, con verdadero apasionamiento) en el tema que me venía ocupando, de manera prioritaria, durante largo tiempo. Es que, como estudiosa de la historia y las prácticas alimentarias, hacía rato venía buscando claves aptas para comprender la complejidad del universo culinario y supe que esa era una de las mejores oportunidades que tendría para hallar esas respuestas y poderlas difundir.
Me impresionó saber que se valoraba mi trayectoria, no solo académica sino extracurricular; el hecho de que se tuviera en cuenta lo que D. P. Ausubel señalaba como fundamental de la psicología educativa: que uno de los factores más importantes “que influyen en el aprendizaje es lo que el aprendiz ya sabe”[1]. Esto era cierto en cuanto a mi propio aprendizaje, pero también en las posibilidades que intuía en el universo culinario para que otros efectuaran sus aprendizajes significativos desde él, siendo la pedagogía una de mis áreas prioritarias de interés.
Así, decidí unirme a lo que en ese momento era una aventura pionera, participando desde la gestación del programa, y la decisión fue una de las mejores que he tomado en mi vida.
Desde los primeros cursos me llegué a convencer de que el ámbito de lo alimentario es un terreno inmejorable para adentrarnos en aprendizajes significativos, lúdicos, saludables a nivel integral –y no solo corporalmente-, que nos provean con herramientas para el desarrollo armónico, disfrutando cada día a plenitud, en los tiempos nuevos que nos ha tocado vivir. Fui apuntalando el criterio de que, si somos, esencialmente, nuestra vida cotidiana[2] y si es allí donde se trata de crear formas de aprendizaje significativo dinámicas y sorprendentes, aplicando recursos sinérgicos como la creatividad, la emotividad, la imaginación y la poesía, pocos espacios tan aptos para ello como el universo culinario.
En esa larga búsqueda, mi encuentro en una de las conferencias magistrales con la memética, un método conceptual que se nutre de las relaciones complejas entre la biología, la psicología y las ciencias cognitivas -esfuerzo multidisciplinario de muchos pensadores en más de tres décadas-, fue una especie de fascinación, de chispazo creador, que me impulsó a hacer un primer ensayo de aplicarla a diversos aspectos de lo culinario, cosa que no se había hecho antes. Me ocurrió en este caso justo lo que narra Novak: “de forma similar puede suceder que un aprendiente experimente, a lo largo de su vida, la adquisición de un concepto general nuevo y más amplio que incluya de manera poderosa el significado de conceptos previamente aprendidos y les confiera otro más enriquecedor”[3]. Había operado en mí una reconciliación integradora, al ver la forma de establecer la relación correcta “entre conceptos de dos campos de conocimiento que anteriormente no se consideraban relacionados e incluso se creían contradictorios”[4]: memética y cocina.
Así, se me fue aclarando conforme avanzaba el intercambio colectivo de nueva información, adquirida de manera creativa y desde la emoción tanto como desde la razón, desde nuestra unidad mente-cerebro-cuerpo, que si (de acuerdo con Novak y siguiendo a D. P. Ausubel ) “el aprendizaje significativo tiene lugar cuando el aprendiz elige relacionar la nueva información con las ideas que conoce”[5], como lo estaba haciendo yo, el uso de los diversos elementos relacionados con el comer, con algunos de los cuales el que aprende está familiarizado incluso desde el vientre materno, podría garantizarle la posibilidad insertar los nuevos conocimientos en su propio acervo cognitivo, de una manera especialmente significativa. De la misma manera, la información que llegue al aprendiente ligada a ello, se convertirá en aprendizaje significativo y será “aplicable a una amplia variedad de problemas y contextos nuevos…que poseen una elevada capacidad de transferencia, que es la que requiere el pensamiento creativo”[6].
La red relacional entre memética, cocina y las más avanzadas herramientas tecnológicas, incorporando los elementos que me llevaran a la posibilidad de aplicar lo culinario a un nuevo aprendizaje -de valores y variadas disciplinas-, la desarrollé en mi trabajo doctoral, publicado en el año 2009 por la Editorial de la Universidad de Costa Rica bajo el título “Los siete pasos de la danza del comer. Cultura, género e identidades”. Una verdadera “chifladura”, que daba cuenta también de mi interés en las artes plásticas y la poesía, que no habría podido producir de esa manera sin el proceso transformador del doctorado.
No quisiera dejar de relatar aquí al menos una de las dificultades que tuve que superar para abrirme a una nueva manera de aprender, colectiva, creativa y lúdica. Es una anécdota que ocurrió mientras aprendía (a prueba y error) a usar el programa con el que elaboré los primeros mapas conceptuales para mi “chifladura”. Encantada con la metodología, y constantemente sorprendida por lo que me atrevería a llamar instantes creativos, provocados al sintonizarme con la nueva tecnología, me encontré de pronto escuchando a una voz interior, marcada a hierro por la educación del viejo paradigma, que me reclamaba estarle dedicando demasiado tiempo a “jugar”, en lugar de estar produciendo páginas de texto. La cierto es que de esos momentos de claridad salió un impulso mucho más sólido y vertebrado que lo que tenía antes de ponerme “a jugar”, y el disfrute fue -en calidad y cantidad-, muy superior. De allí en adelante, casi que no puedo pensar sin crear un mapa conceptual; el método quedó incorporado en mi disco duro mental.
Uno de mis agradecimientos al doctorado es por abrirme esa y todas las otras ventanas, que hicieron que después no pudiera emprender la preparación de nuevos libros, ni siquiera artículos para revistas o periódicos, si no es aplicando una nueva manera de ver (y mediar) la temática, el mundo, el universo y, de manera esencial, a mí misma, fuera de los viejos paradigmas.
Por eso no me canso de repetir que a partir del inicio de esa experiencia (trans) formadora, soy otra y es otra la realidad que observo, así como mi manera de plantearla, integrarla y entregarla, mediada, a los demás.
Por todo ello sé que es cierto que seguiré siendo siempre “doctorante”, ya que una vez comenzado el proceso transformador, no puede tener fin con la recepción del título.
[1] Citado por Novak, Joseph D. Conocimiento y aprendizaje. Los mapas conceptuales como herramientas facilitadoras para escuelas y empresas. (Madrid, Alianza Editorial, 1998) p. 98.
2 Afirmación que impregna la obra de Francisco Gutiérrez y Daniel Prieto, La Mediación Pedagógica. (Guatemala, Radio Nederland y Universidades de San Carlos y San Rafael Landívar, 1991).
[3] Novak, Joseph D. Ob. Cit. p. 96.
[4] Ibídem, p.106.
[5] Novak, Joseph D. Ob. Cit. p.39; D. P. Ausubel, The Acquisition and Retention of Knowledge: A Cognitive View (USA, Barnes & Noble, 2000, p.8). Clave en esto su concepto de anclaje del nuevo conocimiento en las ideas relevantes preexistentes y en la estructura cognitiva [pp.41, 42, 57, 90, 149, etc.]).
[6] Ibídem.



